Recuerda cuando eras niña o niño. Seguro que muchos recuerdos se agolpan en tu memoria de repente, posiblemente asociados al colegio, a los veranos interminables, a los amigos o la familia. Pero estoy segura que entre todos ellos, sean de la naturaleza que sea, hay un elemento común y vertebrador que define precisamente el carácter infantil: la imaginación y la capacidad de crear de la nada.
Nuestro cerebro, diseñado para aprender continuamente durante toda la vida (bendita neuroplasticidad), se estimula en los primeros años y nos estimula a nosotros de paso, con cada elemento nuevo que aprende y que desencadena cientos de conexiones neuronales. Qué belleza la de crecer imaginando y “creando”.
Luego todos somos conscientes de lo que va pasando… adolescencia, madurez y de un día para otro, ciertas rutinas se asientan en nuestra vida y creemos perder aquello que llamamos creatividad. Y digo creemos perder porque nunca se fue, sencillamente está adormilada esperando pacientemente a que la despierten. Porque, y aquí va la primera idea clave de este artículo, la creatividad no es patria ni bandera exclusiva de los llamadas “profesiones creativas” asociadas a arte y/o cultura y muy especialmente dentro del mundo publicitario del que soy conocedora, cercana y parte de alguna forma, ni de mis colegas de profesión los creativos y las creativas publicitarias.
La creatividad es y será una de las habilidades más demandadas entre los profesionales de cualquier campo, desempeñen la labor que desempeñen. En los tiempos que nos ha tocado vivir donde la flexibilidad y la adaptabilidad están al alza para cualquier tipo de talento, la creatividad no se queda al margen.







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